El mar como paciente: la otra pandemia silenciosa que la salmonicultura siembra en las costas del sur

Mientras la industria reduce su "índice de consumo" por tonelada de salmón, más de 300 toneladas anuales de antibióticos siguen liberándose en el mar de la Patagonia.
CIENCIA Y AMBIENTE24/02/2026ecovida ambienteecovida ambiente

El dato que rompe el silencio

Autor: Lucho Ruiz Subiabre

Podría ser un domingo cualquiera en Quinchao, en Hualaihué o en Melinka. Una familia prepara un sopa de mariscos con choritos, almejas o navajuelas extraidos desde las playas o de una cuelga de cultivo. El mar se ve limpio, el viento Patagón barre el horizonte. Nadie sospecha que, a pocos kilómetros, cientos de toneladas de antibióticos están siendo vertidas al agua cada año.

No es metáfora. Es un número verificable: más de 300 toneladas anuales de antimicrobianos, principalmente florfenicol y oxitetraciclina, son utilizadas en la salmonicultura chilena para combatir la Piscirickettsia salmonis, una bacteria endémica que causa la Septicemia Rickettsial del Salmón (SRS). Las cifras del año de la Pandemia muestran que en el momento más crítico y baja productividad consecuencias del encierro (primer semestre) el consumo es de 147,5 toneladas, mientras en el segundo tramo del año las cifras señalan 232,1 toneladas.

La industria ha aprendido a comunicar una buena noticia: el índice de consumo (gramos de antibiótico por tonelada de salmón producido) cayó un 61% entre 2013 y 2023. Pero cuando el volumen total de producción crece, la buena noticia se relativiza. En números absolutos, el mar del sur de Chile sigue recibiendo el equivalente a más de 800 kilos de antibióticos cada día.

¿Qué hace ese cóctel químico en el agua? ¿Dónde termina? ¿Y qué ocurre cuando el mar que baña las jaulas es el mismo del que beben las comunidades, el que baña sus playas y el que alimenta los mariscos que recogen?

Lo que la ciencia ha podido probar (y lo que aún no)

En noviembre de 2024, la revista Biological Research publicó un estudio que debería estar en la mesa de todas las Seremis de Salud de la zona sur. Liderado por investigadores chilenos (Javiera Ortiz-Severín, Christian Hodar y otros), el trabajo comparó comunidades bacterianas en zonas con y sin actividad salmonera.

Los resultados son contundentes:

  • En las áreas de cultivo, las bacterias marinas muestran una mayor frecuencia de resistencia a los antibióticos utilizados por la industria.

  • Se identificó una abundancia significativamente mayor de genes de resistencia a 11 familias de antibióticos.

  • El ambiente marino cercano a las jaulas actúa como un reservorio activo de estos genes.

La conclusión de los autores es tan cauta como alarmante: “Un ambiente influenciado por humanos (como las granjas salmoneras) puede potenciar que las bacterias se adapten a estresores ambientales, como los antibióticos”.

Traducción: El mar está siendo entrenado para resistir a los antibióticos. Y lo que aprenden las bacterias del agua, pueden transmitírselo a otras bacterias, incluyendo aquellas que algún día podrían enfermarnos.

El mito del filete seguro

La pregunta que la industria repite con esmero es: “¿El salmón que llega a tu plato es seguro?”. Y hasta ahora, la ciencia ha respondido que sí, probablemente sí.

Un estudio de 2022 publicado en Antibiotics, que reunió a 24 expertos de la academia, el sector público y la industria, evaluó el riesgo de adquirir bacterias resistentes por consumir filete de salmón. La conclusión fue unánime: el riesgo es “bajo”.

Pero bajo no es lo mismo que inexistente. Y el propio estudio advierte que la información disponible es aún limitada. Además, el enfoque en el filete deja fuera una pregunta incómoda: ¿y si la vía de exposición no es el plato, sino el territorio?

Porque las comunidades costeras no solo compran salmón en la feria. Viven dentro del mismo ecosistema que las jaulas. El agua que baña las concesiones salmoneras es la misma donde los niños de Lemuy aprenden a nadar. Donde el antifouling llega a las playas de Puluqui. Y los choritos, las navajuales y los erizos que han sido parte de la alimentación del pueblo williche y chono por siglos, hoy se cultivan o se extraen en las mismas aguas que reciben los antibióticos.

Ningún estudio de riesgo ha medido aún lo que ocurre en esos cuerpos.

El mapa de lo que no se ha investigado

El enfoque “Una Salud” (One Health) , que reconoce que la salud humana, animal y ambiental son una sola, fue adoptado por Chile en 2017 a través de un Plan Nacional contra la Resistencia Antimicrobiana. En teoría, es el marco perfecto para abordar esta crisis.

En la práctica, los vacíos son enormes:

  1. ¿Dónde está la Universidad Austral? A pesar de estar ubicada en Valdivia, en el corazón de la macrozona salmonera, y contar con facultades de medicina, veterinaria y ciencias ambientales, no aparece en los resultados de búsqueda con estudios específicos sobre impacto en salud humana. Es un silencio que habla.

  2. No hay vigilancia epidemiológica en las comunas costeras. Nadie está midiendo sistemáticamente si los habitantes de Chiloé, Calbuco o Aysén tienen mayor prevalencia de bacterias resistentes que quienes viven en ciudades del centro del país.

  3. No se monitorea la transferencia de genes. La ciencia sabe que los genes de resistencia pueden saltar de bacterias ambientales a patógenos humanos. Pero en Chile, esa transferencia no se vigila.

La industria lo sabe. En una declaración reciente, el doctor Jorge Olivares, PhD en biología molecular y celular, afirmó que “el impacto del uso de antimicrobianos en salmonicultura sobre patógenos y bacterias relacionados con humanos en Chile no ha sido demostrado”.

Tiene razón: no ha sido demostrado. Pero también es cierto que no se ha buscado lo suficiente. Y la diferencia entre “no demostrado” y “demostradamente inexistente” es el espacio donde habitan las comunidades costeras, esperando respuestas.

El mar como paciente

Existe una iniciativa en marcha que podría cambiar el panorama. Se llama ICARS (2024-2026) y busca implementar un Sistema de Vigilancia, Alerta y Respuesta (SVAR) para reducir en un 25% el uso de antimicrobianos en los centros de engorda intervenidos.

El proyecto es necesario. Pero su foco está en la producción, no en las comunidades. La pregunta sobre qué ocurre con la salud de quienes habitan el borde costero sigue sin respuesta.

Mientras tanto, el mar sigue siendo el gran paciente silencioso. El que recibe las toneladas de antibióticos. El que las diluye, las dispersa y las metaboliza. El que guarda en sus bacterias la memoria química de lo que vertimos en él.

Las más de 300 toneladas anuales no desaparecen. Se transforman. Y en esa transformación, algo está cambiando en el agua que rodea la Patagonia. Mientras la industria reduce su "índice de consumo" por tonelada de salmón, más de 300 toneladas anuales de antibióticos siguen liberándose en el mar austral. Estudios recientes confirman que el agua que rodea las jaulas se ha convertido en un reservorio de genes de resistencia. La pregunta que la ciencia aún no responde es qué pasa con la salud de quienes viven junto a ese mar.


Fuentes para profundizar:

1. El paper que confirmó lo que se sospechaba (2024)

Título: “Antibiotic resistance in marine microbial communities proximal to salmon aquaculture”
Revista: Biological Research (BMC)
Autores: Javiera Ortiz-Severín, Christian Hodar, Camila Stuardo, Constanza Aguado-Norese, Felipe Maza, Mauricio González, Verónica Cambiazo
Fecha: Noviembre de 2024

Este estudio comparó comunidades bacterianas en zonas con y sin presencia de salmonicultura en el sur de Chile. Sus hallazgos son la base científica más sólida sobre el tema hasta la fecha:

  • En áreas de cultivo, las bacterias marinas mostraron mayor frecuencia de resistencia a los antibióticos utilizados por la industria.

  • Se identificó una abundancia significativamente mayor de genes de resistencia a 11 familias de antibióticos.

  • El ambiente marino cercano a las jaulas actúa como un reservorio activo de estos genes.

“Un ambiente influenciado por humanos (como las granjas salmoneras) puede potenciar que las bacterias se adapten a estresores ambientales, como los antibióticos”, concluyen los autores.

Acceso libre al texto completo:
https://biolres.biomedcentral.com/articles/10.1186/s40659-024-00546-6

2. La evaluación de riesgo que miró el plato (2022)

Título: “Multisectoral Evaluation of Antimicrobial Resistance in Farmed Salmon Consumption”
Revista: Antibiotics (MDPI)
Autores: Múltiples investigadores, liderados desde la Pontificia Universidad Católica de Chile
Fecha: Mayo de 2022

Este estudio reunió a 24 expertos de la academia (63%), el sector público (21%) y la industria (17%) para evaluar el riesgo de adquirir bacterias resistentes por consumo de filete de salmón. La conclusión fue unánime: el riesgo es “bajo”, pero el propio estudio advierte que no es inexistente y que la información disponible es aún limitada.

El texto cita investigaciones previas que sugieren que alimentos derivados de animales tratados con antibióticos albergarían bacterias resistentes y genes de resistencia, representando un riesgo de transmisión a consumidores, especialmente al consumir alimentos crudos o poco cocidos.

Acceso libre al texto completo:
https://www.mdpi.com/2079-6382/11/5/662

Fuente: ecosdelsur

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