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¿Cómo podríamos evitar el siguiente brote epidémico?

Al planificar, hemos de tomar en cuenta las complejas interconexiones entre las especies, los ecosistemas y la sociedad humana.

Ushuaia 16 de Abril de 2020

Mientras el mundo actúa con urgencia frente a la COVID-19, no podemos ser cortos de miras. Es el momento de proceder también a la prevención de futuros brotes zoonóticos.

La salud de toda la vida del planeta está conectada. El brote de COVID-19 nos lleva contundentemente a recordar un hecho básico que no podemos ignorar: la salud y el bienestar de los seres humanos, de los animales, de las plantas y del medioambiente están conectados intrínsecamente y sufren en cada uno de esos casos el hondo influjo de las actividades humanas. La salud supone algo más que la ausencia de enfermedades infecciosas; ha de incorporar factores sociales, evolutivos y ambientales, y a la vez ha de tomar en cuenta las características y comportamientos individuales.

Por lo tanto, se necesita urgentemente un enfoque multidisciplinario que integre y dé medios económicos a expertos en la salud de los animales, los ecosistemas y los seres humanos. El Gobierno Federal de Estados Unidos ha dado pasos de importancia crítica, pero los conservacionistas, los científicos sociales, los ecólogos y los encargados de la gestión de la vida salvaje, que son esenciales si se quiere garantizar la salud pública, nos enseñan que se requieren más actuaciones orientadas a objetivos específicos.

Los coronavirus, como el nuevo coronavirus SARS-CoV-2, no son infrecuentes. Los seres humanos y los animales albergan de forma natural y desplazan consigo una multitud de patógenos, entre ellos este tipo de virus. Los virus pueden infectar a sus portadores, y hacer que enfermen e incluso que mueran. También pueden ser inocuos; las personas y los animales que los albergan se convierten en sus «hospedadores reservorio».

Abunda la ignorancia sobre este coronavirus. La Organización Mundial de la Salud (OMS) dice de la difusión de desinformación que es una «infodemia». Se disemina por las redes sociales como un virus. Tendríamos que tener más conocimiento. La OMS calcula que alrededor del 60 por ciento de los virus que afectan a las personas proceden de los animales. A este fenómeno se le llama «zoonosis»  Según la OMS, el 75 por ciento de las enfermedades infecciosas nuevas que aparecieron en la última década son zoonóticas.

¿Qué podemos hacer para prevenir la infección con el siguiente virus emergente? ¿Qué daríamos hoy por haber impedido la pandemia de VIH/sida, un lentivirus cuyo origen se ha atribuido al contacto humano con chimpancés y mangabéis grises infectados en el oeste de África? La epidemia de SARS de 2002 empezó con el contacto humano con un mamífero, la civeta, al que los murciélagos habían infectado con el coronavirus.

Viene bien recordar que los fenómenos zoonóticos en la interfaz de la vida salvaje y la humana no son sucesos que se producen una sola vez o que suceden solo en tierras lejanas. Los conocemos con los nombres de rabia, virus del Nilo Occidental, peste, salmonelosis, hantavirus o enfermedad de Lyme. Los seres humanos hacen los mayores esfuerzos por evitar estas enfermedades zoonóticas.

En nuestra interfaz con la vida salvaje influyen los cambios de uso de la tierra, actividades como la explotación maderera y la deforestación, la expansión de la agricultura por zonas que no estaban perturbadas y el comercio masivo de animales silvestres. Todo esto altera la circulación normal de los virus y modifica la composición, abundancia y comportamiento de las especies que hacen de reservorios víricos. Estos cambios aumentan los casos de contacto entre los animales portadores de virus y las personas (y viceversa).

Benjamin Franklin adivirtió en 1736 de que «una onza de prevención vale una libra de cura». ¿No nos lavamos las manos a menudo para impedir el contacto con virus? ¿No necesita nuestra sociedad global hacer aún más acerca de los microorganismos que nos dañan? Los virus que moran en animales salvajes pueden infectar a animales domésticos; de manera similar, las enfermedades del ganado pueden diezmar las últimas poblaciones salvajes.

La fiebre porcina africana está devastando actualmente la producción porcina de Asia y amenaza a las granjas europeas y norteafricanas. Para las muy amenazadas especies de cerdos salvajes del sudeste asiático, ese virus podría ser el golpe final.

Una buena parte del mundo sigue sin aplicar en la producción ganadera y en el comercio de animales y sus productos las normas sanitarias globales. El consumo y comercio urbano a gran escala de animales salvajes no conoce norma alguna; no se puede considerar nunca que sea sano y seguro, ni que esté sometido a estándares sanitarios. Los seres humanos están en peligro en todas partes.

¿Qué podemos hacer?

En octubre de 2019, semanas antes de que apareciese la epidemia en China, la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre y el Gobierno alemán recomendaron que se actuase vigorosamente para fortalecer la salud global. Los principios de Berlín, para «un solo planeta, una sola salud, un solo futuro», establecen diez pasos prácticos, unas prescripciones para unas comunidades más sanas. Los Gobiernos de todos los niveles deberían adoptar esas directrices.

Por medio de los principios de Berlín, las comunidades pueden «integrar mejor el conocimiento sobre la salud humana y animal con la salud del medioambiente»  y actuar para que se restauren y mantengan unos ecosistemas saludables a fin de que no se desencadenen enfermedades.

Esperar a actuar hasta que una enfermedad infecta a una persona es llegar demasiado tarde. La COVID-19 se encuentra ahora en todo el planeta, y los responsables de la salud pública trabajan a destajo para detectar y seguir la trayectoria de los nuevos casos, y aislarlos y tratarlos. Mientras los laboratorios gubernamentales y las empresas farmacéuticas corren para hallar una vacuna contra ese virus, no debemos perder el norte.

Al contrario, debemos concebir enfoques adaptativos, holísticos y previsores para la detección, prevención, seguimiento, control y mitigación de las enfermedades infecciosas emergentes de modo que incorporen las complejas interacciones entre las especies, los ecosistemas y la sociedad humana, sin dejar de tener en cuenta en toda su magnitud los móviles económicos dañinos y los subsidios perversos.

La asignación suplementaria de ocho mil millones de dólares aprobada por demócratas y republicanos como fondo de emergencia con el que afrontar la pandemia de COVID-19, firmada recientemente por el presidente Trump, es esencial, pero podemos y debemos hacer más para garantizar que estamos varios pasos por delante del siguiente brote de una enfermedad zoonótica, para lo que habrá que apoyar que se emprendan medidas a escala internacional que cierren permanentemente los llamados «mercados húmedos», en los que se comercia y trafica con animales salvajes para el consumo humano; requerirá además que se gaste dinero en la vigilancia de la vida silvestre mundial.

Mientras atendemos urgentemente a los enfermos, tendremos que adoptar urgentemente también esa forma de ver para la que no hay más que una sola salud y actuar para que sean mayores las inversiones destinadas a sectores entrecruzados de la infraestructura de la salud de los seres humanos, del ganado, de los animales silvestres, de las plantas y de los ecosistemas; también para que crezca la financiación internacional de los mecanismos para la protección de los ecosistemas. Y estos aumentos de las dotaciones económicas han de estar a la altura de lo crítica que es la amenaza que las enfermedades infecciosas suponen para la vida en nuestro planeta.

Autor: Nicholas A. Robinson y Christian Walzer

Fuente: https://www.investigacionyciencia.es/

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